• Lunes, 20 de Agosto de 2018

JUANA (76 AÑOS) E IÑAKI (68 AÑOS), VOLUNTARIOS DE SOLIDARIOS PARA EL DESARROLLO

“Los mayores tenemos que echar una mano a la gente”

Juana acude cada sábado por la mañana a la cárcel de Navalcarnero, e Iñaki los lunes por la noche, recorre las calles de Madrid para hablar con la gente sin hogar. Ambos son voluntarios de la Ong Solidarios para el Desarrollo; una en el programa de Aulas de la Cultura y el otro en el de Atención a Personas sin hogar. Los dos disponen de tiempo y experiencia para compartir ¿y tú?

Juana con algunos de los miembros del grupo de voluntarios que acude cada sábado a la cárcel de Navalcarnero (Madrid).
Juana con algunos de los miembros del grupo de voluntarios que acude cada sábado a la cárcel de Navalcarnero (Madrid).

Juana Menar (76 años) entró por primera vez en la cárcel de Navalcarnero (Madrid) hace seis años. De aquella visita recuerda que “entré temblando, porque no sabes lo que te vas a encontrar”, una sensación que ha ido desapareciendo con el tiempo, tras las visitas semanales que hace a este centro penitenciario.

“Después de estos años llegas a crear un vínculo grande, es gente muy amable que nos recibe muy bien. Antes de entrar piensas que algo habrá hecho esta gente para estar allí, pero cuando llegas y te relacionas con ellos lo que crees es que no puedes dar la espalda a una persona que en un momento de su vida ha tenido un fallo. Empiezas a ver a la persona que hay, al margen de lo que haya hecho”, señala Juana.

Ella es la más mayor del grupo de voluntarios que todos los sábados por la mañana acude a esta prisión dentro del programa de Aulas de Cultura de la Ong Solidarios para el Desarrollo, que se realiza además de en Navalcarnero en otras seis cárceles españolas, en Madrid en Soto del Real, Valdemoro, y Alcalá-Meco; y en Granada, Sevilla y Murcia. Su objetivo es promover la cultura, ampliar los conocimientos y las habilidades sociales de las personas internas, romper la rutina de la vida en prisión y servir de puente de comunicación entre la cárcel y el resto de la sociedad.

Para ello el grupo de voluntarios organiza charlas sobre distintos temas: arte, ciencia, cine, filosofía, literatura, etcétera, invitando a distintas personalidades a participar en un encuentro al que suelen acudir entre 20 y 30 internos. “Charlamos con ellos de todo, pero nunca les preguntamos por qué están allí, no es nuestro fin, aunque alguno hay veces que te lo cuenta”, señala Juana sobre la actividad que allí desarrollan.

Una labor de voluntariado que compagina con la que realiza para la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) desde hace 13 años visitando a enfermos oncológicos en el hospital Ramón y Cajal de Madrid un día a la semana.

Para Juana la respuesta que recibe haciendo voluntariado, en el hospital y en la cárcel dan sentido a su vida. “Nunca fui una ama de casa al uso, siempre me gustó estar activa. Estudié para delineante y trabajé con un arquitecto, pero cuando me casé (cosas de entonces) deje de trabajar y me dediqué a mi familia, aunque siempre sacaba un rato por las mañanas para hacer otras cosas. Cuando cumplí los 50 me fui al ayuntamiento de mi ciudad y me ofrecí como voluntaria. Empecé ayudando a una niña con parálisis cerebral, y de ahí con la AECC y con Solidarios”.

Hoy con 76 años sigue adelante, a pesar de que muchos días tenga que tomarse una pastilla que calme el dolor de huesos para poder ir al hospital o a la cárcel “me dolería igual quedándome en casa”, aunque cree que después de tantos años haciendo voluntariado su final se acerca, “todos tenemos un tope. Cuando haces voluntariado tienes que tener un compromiso y una responsabilidad para llevarlo a cabo. Es un planteamiento de vida, y el día que diga `hasta aquí`, lo sentiré mucho”.

¿Por qué no hay mas gente mayor haciendo voluntariado?

Juana cree que se debe sobre todo a la falta de decisión o desconocimiento pero “la gente mayor todavía tenemos muchas cosas que dar, aunque estemos jubilados tenemos que echar una mano a la gente. Con la edad nos volvemos cascarrabias, somos pesados, queremos que nuestros hijos estén pendientes de nosotros... entonces, qué mejor que colaborar con una asociación que te llene y que estés a gusto donde des lo que puedas. ¡No hay mejor cosa que eso para la gente mayor!”, concluye.

Iñaki López, voluntariado Personas sin Hogar

mayor_actual_IñakiLopez_SolidariosIñaki López, desde hace 14 años es voluntario del programa de Atención a personas sin hogar de Solidarios para el Desarrollo.

Una opinión que comparte Iñaki López (68 años) voluntario desde hace 14 años en el programa de Atención a Personas sin hogar de Solidarios. Ingeniero de profesión, trabajó en una multinacional hasta que se prejubiló con 61 años, momento a partir del cual y  “después de 40 años trabajando me he ganado (al igual que mucha gente como yo) el status de poder hacer lo que quiera”, señala Iñaki.

Pero esa libertad añade, pasa por tomar conciencia de las necesidades que tienen muchas personas menos afortunadas. “En esta vida aparte de comer, beber y dormir, y traer hijos al mundo podemos hacer algo más, sobre todo si tienes gente al lado que a lo mejor no ha tenido la fortuna de tener una vida tan buena y tan cómoda como la que tienes tú, y esto te crea una responsabilidad.

Cuando bajo a charlar con la gente que está en la calle y me encuentro con un hombre de mi edad que me dice `es que yo el año que viene cumplo 65, y me llegará la jubilación, y no sé si podré cogerme una habitación para dormir´, entonces piensas en la suerte que tienes con una casa propia, con una pensión que te permite vivir. ¡Esto es un privilegio! Que te has ganado este privilegio ¡vale! pero compártelo ¿Por qué? Porque los demás lo necesitan. Creo que hay que concienciar a la gente mayor como yo y decirles ¡Vale, te lo has ganado y te mereces ser dueño de tu vida! pero todavía puedes hacer muchas cosas, fundamentalmente por dos razones: porque tienen tiempo y experiencia, que son los dos grandes valores que yo veo a la gente jubilada”.

Ese `hacer algo más´ha estado siempre muy presente en la vida de Iñaki. De joven como catequista en el barrio barcelonés de Somorrostro, después como activista en grupos de izquierda, en asociaciones de vecinos y de padres, hasta que empezó a colaborar como voluntario en Ingenieros sin Fronteras (actualmente Ongawa), y por último en Solidarios.

Conoció el programa de Atención a Personas sin hogar a través de un sobrino, y pensó que su capacidad de comunicación podría ponerla a disposición de estas personas que necesitan sobre todo que alguien les escuche. “Porque lo que hacemos cuando salimos es esto, sentarnos delante de una persona que está en una situación completamente diferente a la tuya, pero que necesita que alguien la hable, y la trate como a otra persona”.

Hablar y escuchar, eso es lo que hace cada lunes por la noche Iñaki, desde las 21,00 horas hasta las 01.00 o 02.00 de la madrugada. “A veces, cuando salgo me encuentro a gente a las 23.00 horas, que me dice que soy la primera persona en todo el día que le dirige la palabra, así que el problema es conseguir acabar muchas noches a la hora. Ellos te lo ponen muy fácil porque quieren hablar, y el que no quiere, viene por el café y se va a dormir”.

El es el coordinador de una de las siete rutas que hay en Madrid formada por voluntarios que salen de lunes a jueves para recorrer las calles de la ciudad, especialmente del centro y aledañas, con el objetivo de hablar delante de una taza de café con estas personas sin hogar, creando así una relación de igualdad entre estas y el voluntario, lo que las permite recuperar su autoestima y crear `puentes´ para su posible reinserción social.

Según el censo realizado por el Ayuntamiento de Madrid, hay más de 650 personas durmiendo en la calle cada día y un nivel de ocupación de los albergues del 95%.

Lo que no cuentan las estadístiscas son las historias de estas personas, como la de los inmigrantes subsaharianos que llegaron en el boom de la construcción y que ahora expulsados del mercado de trabajo, viven debajo de un puente porque la mitad del RMI (Renta Mínima de Inserción) que reciben lo envían a Guinea Bissau para seguir manteniendo a su familia; o como la de aquel joven hindú que consiguió trabajo en Galicia y que guarda dos o tres euros para pagarse el billete de autobús; o como la de la pareja italiana que desapareció hace pocas semanas; o como tantas otras que Iñaki, y otros voluntarios como él, escucha noche tras noche.

Catorce años poniendo nombre a esos rostros que se esconden tras los cartones, buscando como Juana, y tantos voluntarios un sentido a la vida, compartiendo con los demás, eso que tanto, y tan poco tenemos, tiempo.

 

Si estás interesado en hacerte voluntario como Juana e Iñaki, infórmate aquí.