• Viernes, 27 de Abril de 2018

ARTÍCULO DE RAMÓN BAYÉS PUBLICADO EN CUADERNOS DE PSICOLOGÍA

Algo de lo poco que he aprendido (y tal vez mal)

Cuando en nuestra vida acaece un suceso inesperado... ...tenemos que aceptar la realidad, de golpe, entera, tal como se presenta, y afrontarla como si se tratara de una poesía de Machado, un hermoso atardecer o una sinfonía de Mahler.

Ramón Bayés.
Ramón Bayés.

Todos los seres vivos –desde el investigador científico a la bacteria (Bayés, 1989) o a cualquier planta de la selva o jardín cercano (Mancuso y Viola (2015)– somos complejos, únicos y cambiantes, con un principio y un final, que desarrollamos nuestra existencia en entornos asimismo complejos, únicos y cambiantes: “El hombre actúa sobre el mundo y lo cambia –escribe Skinner (1957)– y es, a su vez, cambiado por las consecuencias de su acción”. La muerte forma parte de la vida (Heath, 2007).

La misión de los seres humanos –tal vez de todos los seres vivos en la medida en que posean posibilidad funcional para ello– es, partiendo de la curiosidad o del instinto, incrementar el conocimiento y el amor (Russell, 1967) en un mundo incierto, hermoso y, a la vez, cruel, que facilita la supremacía de los mejor dotados.

Para ampliar el conocimiento, los seres humanos hemos elaborado dos métodos sistemáticos: el método científico y el método clínico, complementados con estrategias explícitas como el cheklist (Gawande, 2010) y otras no explícitas, que se van formando silenciosamente, en el transcurso de generaciones y de la propia biografía, a través de un moldeamiento en experiencias tácitas que se nutren de estrategias compartidas con otros seres vivos, como la asociación de estímulos, el “refuerzo” y la imitación, de forma que cada uno de nosotros sabe más cosas de las que cree saber y puede transmitir de forma verbal. No se aprende a ir en bicicleta a través de la lectura de un manual sino practicando.

El aprendizaje del amor, con base, probablemente, en las mismas estrategias, se realiza a través de experiencias emocionales que reconocemos en la especie humana como empatía, vinculación, sexualidad, solidaridad, compasión, generosidad o perdón.

El método científico avanza a través de modelos, simplificaciones, comparaciones y verificaciones empíricas. Sus hallazgos genuinos poseeen caracter universal. El conocimiento que obtiene es acumulativo, explícito, transmisible, y aparentemente objetivo y neutro, susceptible de ser utilizado tanto para explorar y mejorar a las personas, el entorno, el espacio exterior o el microcosmos, como para destruirlas a través de genocidios, deforestación o Hiroshimas.

El método clínico, nos ayuda a resolver casos individuales. Parte de la observación, escucha activa, recogida de datos, planteamiento de hipótesis validas para el caso que nos ocupa, verificación sistemática de resultados, y posible cambio de estrategia en función de la evolución de los datos que se van obteniendo. Permite curar a un enfermo, aliviar su dolor, pilotar un avión, educar a un niño, etcétera.

Pero cuando en nuestra propia vida acaece un suceso inesperado que supone una amenaza importante para nuestra integridad física o psicológica, los métodos anteriores se muestran inútiles y no tenemos más remedio que abordar el problema mediante el llamado método poético, es decir, tal como aparece, en toda su complejidad. En este caso, tenemos que aceptar la realidad, de golpe, entera, tal como se presenta, y afrontarla como si se tratara de una poesía de Machado,  un hermoso atardecer o una sinfonia de Mahler. Escribe Iona Heath (2007): “El don del poeta es aclarar sin simplificar. Es casi exactamente opuesto al don de la ciencia, que es buscar comprender mediante la simplificación”.

Ante la pérdida imprevista de un ser querido, el incendio de la vivienda, o un diagnóstico de Alzheimer, por ejemplo, el método científico y el método clinico carecen de utilidad. Es necesario, hasta donde seamos capaces, de  utilizar el método poético, al cual accedemos sin apenas darnos cuenta a través de la narración, el cine, la música, los viajes, y la relación con personas de orígenes y entornos diferentes, es decir, de todos aquellos conocimientos y habilidades que van conformando a lo largo de la vida nuestra experiencia tácita o intuición.

Por otra parte, sean cual fueren las circunstancias que nos aproximen  a la muerte –un cáncer o la conducta imprevisible de un conductor ebrio– es necesario tratar de sustituir incertidumbre por realidad. Y la realidad es que nuestra vida es, probablemente, simple producto del azar. Y, si escribo “probablemente” es tanto por respeto a los numerosos creyentes genuinos de dogmas de todo tipo como debido a mi propia ignorancia.  Como escribía Bertrand Russell (1944) “todo conocimiento humano es incompleto, inexacto y parcial”. Sea cual fuere su alcance hay que aceptar el azar y naturalizar la realidad de la muerte.

La respuesta a por qué estoy aquí y no allá; ahora y no antes ni después o nunca; sano, dependiente o enfermo, es, en gran parte, debido a la suerte. Es decir, al resultado de una combinación única e irrepetible de miles de complejas interacciones desconocidas, genéticas y biográficas, propia y/o de otras personas, que nos han precedido y de mecanismos celulares contínuamente activos y sujetos a error (Tomasseti y Vogelnstein, 2015, 2017). Como señalan Henry Marsh (2014) o Woody Allen (2005), debemos aceptar la buena o la mala suerte como factor determinante, a veces el principal, del recorrido de nuestras vidas.

Otras cosas que he aprendido o creído aprender:

1.- Gracias a San Agustín (Siglo V), que “los tiempos no son: presente, pasado y futuro, sino presente de las cosas presentes, presente de las cosas pasadas y presente de las cosas futuras”; es decir, que lo único que de verdad tenemos y podemos controlar es el presente: el aquí y el ahora, tal como difunde actualmente el mindfuless. Escribe Elliot (1927) en “Miercoles de ceniza”:“…ahora es ahora sólo por una vez y sólo para un lugar”

2.- La importancia del sufrimiento que engendran los tiempos de espera indeseados (Bayés, 2007) y la paz que suscitan los tiempos sin actividad deseados, como la meditación y desapego en los budistas (Blair, 2017) o el sabbath en los judíos ortodoxos (Sacks, 2016).

3.- Que lo verdaderamente importante para que un individuo disfrute de una vida plena es encontrarle un sentido y disponer del grado de autonomía necesario para  hacer las cosas que de verdad le importan. Si te encuentras en esta situación,  aunque seas ciego, tengas que moverte en silla de ruedas, estés aquejado de ELA o seas un anciano, en lugar de celebrar cumpleaños, vive y olvida tu edad. La plenitud de una vida no se mide por su duración sino por la calidad de algunos momentos de claridad.

4.- La persona no es su cuerpo, su cerebro, sus antepasados, el color de su piel, su lenguaje, su país; no es el motor, la carrocería, la marca, el equipaje, el itinerario, la carretera, los compañeros de viaje… Todo esto configura y permite que exista la persona pero no es la persona. La persona no tiene res extensa. La persona es un viaje, un viaje único e irrepetible que empieza al nacer y termina cuando los que te sobreviven, una vez hayas muerto, dejan de pensar en tí. Cada viaje es distinto y cambiante; es imposible la existencia de dos viajes iguales. Rechaza los estereotipos. Y, complementariamente, como escribió John Donne (1624) en su bello poema “Ningún hombre es una isla”, si escuchas el sonido de las campanas que, en una iglesia tocan a muerto, nunca preguntes por quién doblan. Están doblando por tí.

5.- Que es más importante escuchar que decir. Es esencial, saber escuchar activamente. Pero, paradójicamente, una sola palabra pronunciada en el momento oportuno puede cambiar el curso de una vida (Bayés, 2016)

6.- Que la meditación sobre la muerte (Montaigne, 1595) y el perdón (Rembrandt,  1662) son caminos hacia la libertad.

7.- Que podemos sentir la presencia de los muertos. Escriben John e Yves Berger (2014) al referirse a su esposa y madre fallecida: “Miramos atrás y tenemos la sensación de que estás con nosotros en el momento de mirar. Es absurdo, porque estás más allá del tiempo, donde no existe ni atrás ni adelante. Y, sin embargo, estás con nosotros”.

Tal vez lo que he transcrito no sea mucho, tal vez he dilapidado gran parte del tiempo del que disponía, pero, por lo menos en este momento, me queda la tenue impresión de que aunque no haya entendido gran cosa del mundo en el que he vivido no me iré con las manos completamente vacías.

Ramon Bayés (Barcelona, 1930) es doctor en Filosofía y Letras por la Universitat de Barcelona y Diplomado en Psicología Clínica por la misma universidad. Fue catedrático de Psicología Básica en la Universitat Autònoma de Barcelona (1983-2002). Desde 2002 es profesor emérito de la misma universidad.
Ha trabajado en los campos de la psicología experimental, psicología social y psicología jurídica. Desde finales de los años setenta se especializó en psicología de la salud, en la que ha trabajado en temas como el cancer, SIDA y cuidados paliativos. Ha sido profesor invitado por varias universidades e instituciones españolas e internacionales. El 2009 fue investido doctor Honoris Causa en Psicología por la UNED.
Es autor de más de 700 trabajos. Destacamos sus libros: Una introducción al método científico  en psicología (1974, 1978, 1980), Iniciación a la farmacología del comportamiento (1977), Psicología y Medicina (1979), Psicología Oncológica (1985, 1991), Sida y psicología (1995), Psicología del sufrimiento y de la muerte (2001), Afrontando la vida, esperando la muerte (2006), El reloj emocional. La gestión del tiempo interior (2007) y “Vivir: guía para una jubilación activa” (2009).