• Domingo, 21 de Octubre de 2018

El mayor en la sociedad, una historia de involución

Las personas mayores han estado mejor o peor consideradas socialmente según el periodo histórico que les ha tocado vivir. En una sociedad que envejece con rapidez, ¿tienen los más mayores la consideración que merecen?

Un hombre mayor, morador de la Sierra de Atapuerca que vivió hace más de medio millón de años, que caminaba encorvado por una deformidad lumbar y con lesiones que le impedían moverse con agilidad y cazar, tenía todas las papeletas para morir. Pero aún así logró sobrevivir en un mundo hostil gracias al altruismo de sus congéneres.

Este 'Homo heidelbergensis', precursor de los neandertales, ha pasado a la historia de la humanidad cuando los arqueólogos de Atapuerca descubrieron su pelvis, en 1996, la más completa y menos deformada encontrada hasta ahora de esa antigüedad. Posteriormente, fueron apareciendo hasta cinco vértebras lumbares parte de su columna vertebral.

El estudio reveló que el individuo, de más de 45 años, sufría espondilolistesis, una patología degenerativa, en la vértebra que tenía encima del sacro. Esta malformación, que consiste en un desplazamiento de la vértebra, le obligaría a ir muy encorvado, por lo que podría haber utilizado un bastón como soporte para estar erguido.

Debido a los continuos dolores que sufriría, se cree que no podría desempeñar actividades físicas como cazar, por lo que se cree que el grupo social nómada del que formaba parte tendría una atención especial con sus mayores.

Los científicos hablan de un posible comportamiento solidario y complejo de aquellos individuos preneanderthales, ya cuidaban a sus familiares más mayores.

Consideración social

En la atención y cuidados que la sociedad ha prestado a los mayores, mucho tiene que ver el papel que estos han desempeñado a lo largo de la misma.

Si es por esto, no es de extrañar que Elvis, así han bautizado al dueño de la cadera analizada por los científicos de Atapuerca,  recibiera tantas atenciones, ya que entre los prehistóricos, alcanzar edades avanzadas significaba un privilegio, una recompensa que los dioses otorgaban a los justos. Su longevidad era motivo de orgullo para el clan, ya que eran los depositarios del saber, la memoria que los contactaba con los antepasados. No es de extrañar que los brujos y chamanes fuesen hombres mayores. Ejercían también como sanadores, jueces y educadores.

Los egipcios, consideraban una faena hacerse mayor. El visir del faraón Tzezi escribió hacia el año 2450 antes de J.C: “¡Qué penoso es el fin de un viejo! Se va debilitando cada día; su vista disminuye, sus oídos se vuelven sordos; su fuerza declina, su corazón ya no descansa… La vejez es la peor de las desgracias que puede afligir a un hombre”.

Opinión que compartían en Grecia, cuna de la civilización occidental, para esos griegos adoradores de la belleza, la vejez, con el implícito deterioro físico, significaba una ofensa al espíritu, motivo de mofa en sus comedias.

Los inventores de las residencias

Aún así, los griegos crearon instituciones de caridad para el cuidado de los ancianos necesitados. Vitruvio relata sobre “la casa de Creso, destinada por los sardianos a los habitantes de la ciudad que, por su edad avanzada, han adquirido el privilegio de vivir en paz en una comunidad de ancianos a los que llaman Gerusía”.

El Derecho romano tipificaba la figura jurídica del `pater familias´ que concedía a los ancianos un poder casi tiránico. El `pater familias´ era vitalicio y su autoridad ilimitada, podía disponer hasta de la vida de un integrante de su familia, situación que durará hasta el  siglo I antes de nuestra era, con la llegada de Augusto al poder, que supuso el declive del poder del Senado y los ancianos. Estos caen en desgracia y sufren los rigores de la vejez, pero nunca se les segregó por razones de edad, los romanos criticaban a los individuos, no así a un período de la vida.

Durante la Alta Edad Media, del siglo V al X, prima la ley del más fuerte, entre los que evidentemente no estaban los ancianos. Los pobres, jóvenes o viejos sufren en todos los tiempos. Para los ricos a partir del siglo VI surge la preocupación de un retiro tranquilo y seguro para ganarse la salvación eterna, y la mejor solución para eso es cobijarse en un monasterio. Una costumbre que en el siglo VII empieza a ser reglamentada en los monasterios que con este sistema obtienen un buen beneficio económico.

Los siglos XI al XIII hubo un florecimiento económico y estabilidad social. Los ancianos tuvieron una nueva oportunidad en el mundo de los negocios, limitada sólo por su capacidad física, no por su edad.

La peste devuelve al mayor su estatus social

De 1348 hasta 1450 se inició un siglo de epidemias (primero la peste negra y después la viruela) que asoló Europa, cebándose principalmente entre la población infantil y juvenil lo que produjo un fuerte incremento de ancianos. Curiosamente, gracias a la peste este colectivo recobró su status social, político y económico.

Hasta que llegaron los humanistas, y el gusto por la Grecia Antigua y todo lo que significaba, el culto a la belleza, la juventud y la perfección. Estamos en el siglo XV, comienza el Renacimiento, y con él uno de los peores tiempos para los más mayores, especialmente para las mujeres.

Con la llegada del mundo moderno el Estado es impersonal, reglamentado y el poder se hace representativo por delegación del pueblo. Aparece el concepto de jubilación, ya se conocen pensiones en los Países Bajos a los funcionarios públicos en 1844.

Este nuevo siglo XXI no es un ámbito favorable a los ancianos, a pesar de contar con las mayores prestaciones sociales de la historia, su papel en la sociedad se ha visto postergado a meros consumidores. El diseño de las ciudades actuales, de espacios habitables reducidos, familias nucleares de nexos flojos, dejan en desamparo a los más mayores que viven en soledad. En los países de la Comunidad Europea los mayores que viven solos superan el 30%, y esto va a más.

Ahora la tendencia es la promoción de un envejecimiento activo, un modelo que prolongue la calidad de vida en buenas condiciones para postergar la necesidad de cuidados lo más tarde posible.

Pero quedan importantes cuestiones por resolver. Las sociedades modernas no ven a los más mayores de entre sus ciudadanos como elementos que puedan aportar, sino como lastres que soportar y mantener. En un mundo que mira constantemente hacia adelante, hacia lo nuevo, y con una visión economicista de todo y de todos, la figura de los ancianos debe reconstruirse y encontrar un reconocimiento del que ahora carece.

Nuestras sociedades cada vez están más envejecidas, y son los mayores hoy más que nunca los que pueden decidir el papel que quieren desempeñar en la sociedad. ¿Queremos ser chamanes? ¿Pater familias? Retirarnos a un monasterio? ¿Ser referentes de las nuevas generaciones?

Aquel hombre de las cavernas que sobrevivió ayudado por los suyos hasta una edad avanzada lo hizo porque el grupo, su clan, entendía que servía a los intereses comunes. Y porque él también sentía que podía contribuir a la supervivencia de la tribu. Eso ocurrió hace medio millón de años.

¿Tan poco hemos evolucionado?